EL “NO”. Por Camilo Escalona Medina. Presidente del Senado
Aunque un profesor de gramática en España pudiera objetar la expresión el NO, lo cierto es que en Chile es una manifestación afectiva y política, así como un sustantivo que alude a un hecho histórico indubitable: la derrota política, social e institucional del dictador Pinochet, que permitió el inicio del proceso de reimplantación de la democracia en nuestro país.
Ahora se trata, además, de una película, una bella y emocionante producción cinematográfica, que hemos tenido la suerte y el orgullo de exhibir en la sede del Congreso Nacional en Valparaíso, a escasos metros de la testera en la cual el ex dictador tuvo que entregar los símbolos del poder político del país, al mandatario elegido democráticamente, Patricio Aylwin.
Realmente es muy difícil apreciar debidamente la enorme importancia de ese indetenible pronunciamiento ciudadano del 5 de octubre de 1988. Es de aquellas circunstancias que no se pueden describir, vale decir, que no hay palabras para valorar su trascendencia. Por cierto, que no sólo por su importancia institucional, sino que, además, por el costo social que ahorró al país, posibilitando una transición a la democracia sin confrontación civil, como ocurriera y sufrieran otras naciones, en situaciones semejantes.
Lamentablemente, se está olvidando la situación histórica que se vivió. Todo estaba preparado para la perpetuación del régimen. Ello coincidía con la plena vigencia de los enclaves autoritarios, entre los cuales la permanencia de Pinochet como comandante en jefe del Ejército era un factor esencial e irremplazable; son tales hechos los que determinaron una transición democrática que se fue tornando interminable, en la medida que la derecha sostuvo los enclaves autoritarios a todo evento, no importándole los graves efectos en el sistema democrático producidos por las cortapisas heredadas de la dictadura.
Que un dictador como Pinochet tuviera que abandonar la Presidencia, derrotado y parapetado, finalmente, en el ejercicio de una cuota de poder ilegítimo, fue una verdadera proeza del pueblo de Chile.
También permitió que las instituciones castrenses retornaran a sus funciones profesionales y dejaran la contingencia política. De hecho, el mismo 5 de octubre, el dictador no pudo arrastrarlas a su plan de insubordinación y desacato de la mayoría democrática que lo había defenestrado en las urnas.
El NO, como película, es un gran esfuerzo de jóvenes realizadores que convocan a la nación chilena, en su conjunto, a no olvidar su pasado reciente, a no dejarse derrotar por la amnesia y la farandulización de la política. Creo, sinceramente, que el NO es una labor cultural e histórica encomiable.
























